Maru

Maru es panameña. Su esposo Felipe, colombiano.

Tienen un proyecto de vida alucinante.

Viven además en una casa que es parte de la historia de Panamá, en el Casco Antiguo.

Maru es alegre, dulce e inteligente. Felipe inquieto, inteligente, con deseos de cambiar el mundo .

La llegada de Lukas, se hizo esperar, pero cuando tomó la decisión de venir a conocernos, lo hizo tan rápido que Graciela casi no llega. Yo estaba en Estados Unidos el el Taller que asistí en La Granja, junto a Ina May Gaskin.

Graciela logró decirle a Felipe, cuando iba al Casco Antiguo, que Maru entrara en la tina del baño de la casa. Cuando realizamos la visita a su residencia antes del parto , vimos la tina, y era una alternativa excelente a la piscina de parto… Y así fue…!

Maru tiene un Blog fantástico y esto es lo que ella y Felipe escribieron contando la historia de la llegada de Lukas al mundo.

JUN
6
Week 41: La llegada de Lukas

Mientras subía corriendo por las escaleras oí a Maru gritar “¡Felipe! ¡Ven mira!”. No habían pasado ni dos minutos desde que la había dejado con Graciela (su ginecóloga), para bajar a abrirle a Jimena (su doula).

Sumergida en la tina donde la dejé hacía solo unos minutos (si no segundos) veo a Lukas por primera vez. Recién nacido reposa en el regazo de su mamá, se pasa las manos por la cara e intenta abrir los ojos. Son las 2:10am del 24 de mayo de 2013.

La tormenta que durante horas azotó con estrepitosa fuerza las puertas y ventanas de nuestra casa (en el Casco Viejo y la misma en la que por más de un año trabajamos en restaurar y remodelar para su llegada), pasa… El resto de la madrugada transcurre en calma.

Permitimos que el agua de la bañera drenara un poco mientras se expulsaba la placenta; le corto el cordón umbilical, tomo a Lukas en mis brazos para que Maru tome una ducha, se seca; Graciela y Jimena la ayudan hasta la cama que habíamos preparado y volvemos a poner a Lukas en su pecho; tranquilo pero sin pausa “repta” hasta su seno y se pega; Jimena busca fruta y agua para que Maru coma y beba; esperamos un poco más y trasladamos a Maru y Lukas a nuestra cama.
Graciela se retira primero, luego Jimena… Son las 4:30am. Todo había sucedido como lo queríamos, si bien nunca nos lo imaginamos.

Siempre, cuando hablábamos Maru y yo de tener hijos, nos expresamos nuestro mutuo deseo de que para cuando llegasen fuera por parto natural. Ya embarazados así se lo comunicamos al ginecólogo que primero nos atendió. Pero por alguna razón, las aseguranzas que recibimos de él en esa y subsiguientes citas, no nos fueron suficientes.

Y porque no fueron suficientes nos empleamos en enteramos sobre los milagros de la medicina; de cómo la intervención médica salva madres e hijos cuando necesitan ser salvados; de los beneficios de dicha intervención en situaciones de alto y altísimo riesgo para la una o el otro. Y nos enteramos también de cómo los milagros de la medicina moderna se han convertido en un “menú” de opciones para que madres y padres “puedan decidir” como vienen al mundo, sus hijos.

Nos enteramos también de la poca importancia que el sistema hospitalario da a los partos naturales. Sí, en el “menú” que hoy existe para alumbrar, el parto natural es visto como el “pan” que en los restaurantes se “regala”. En serio, hoy en día el parto natural es, desde la óptica de gerentes de la salud, médicos, enfermeras y personal de apoyo, cómo eso que a pesar de que demanda recursos y cuesta hay que “regalar” y peor que nada, le “quita el hambre a los comensales”.

Hospitales y médicos están haciendo entonces las veces de gerentes de “cadenas de comidas rápidas” y en un clarísimo conflicto de interés están dejando de ofrecer “pan” para así aumentar sus utilidades vía mayores ingresos y menores costos marginales por “cliente”. Lo más triste en todo caso, la deshumanización del proceso que resulta de sus estrategias comerciales por lo que los milagros de la medicina, esos que salvan vidas y previenen riesgos, hoy se venden como la única manera de prevenir los riesgos propios de embarazos saludables y que requieren de si no ninguna, sí poquísima intervención médica.

Lo peor, que en el entretanto les están diciendo a las mujeres que no pueden dar a luz por sus propios medios. Y para asegurarse de eso ponen en práctica estrechísimos rangos para lo que resulta “aceptable” en cuanto al número de semanas y peso estimado de los bebés para que estos puedan alumbrar “naturalmente”. También, y ya para el momento de la labor de parto, estrictísimos protocolos de intervención médica y hospitalaria para lo cual administran enemas, goteos intravenosos, monitoreos fetales, tiempos y hormonas para inducir contracciones y así hasta el infinito. Eso sin contar los protocolos de “manejo” de neonatos y que implican la menor interacción posible entre la mamá y bebé y que entre unos y otros en vez de ofrecer opciones lo que hacen es acallar las voces de madres y padres en el decir de cómo alumbran sus hijos y cuales deben ser las condiciones de sus primeros días entre nosotros.

No se ustedes, pero enterados como quedamos, también quedamos aterrados… por decir lo menos. Tanto que nos vimos Maru y yo en la obligación de hacer una profunda reflexión sobre lo que para ella significaba como mujer estar embarazada y dar a luz, sobre lo que para Lukas iba a significar la manera como iba a llegar al mundo, pero sobretodo sobre si el hacernos responsables, como lo estamos haciendo, de levantar el hijo que para ese momento habíamos concebido, teníamos también que hacernos responsables de la manera como iba a llegar el al mundo sin delegar dicha responsabilidad en un sistema invertido sin reparo alguno en sus propios conflictos de interés. Investigamos y descubrimos entonces la opción de alumbrar en casa y en el agua.

Dimos primero con Jimena de la fundación PANAMAMÁ, ella nos refirió a Rodrigo y Graciela. Con el acompañamiento de los tres fuimos construyendo la fuerza para dar a luz tal y como la humanidad lo a hecho por milenios. No voy a decirles en todo caso que fue fácil… no lo fue. No solo por nuestras propias dudas sobre si hacerlo así era lo correcto, también por los miedos que de propios y extraños eran proyectados por ellos en la “osadía” de nuestra decisión.

Por meses despojamos entonces de razones a las “certezas” del sistema y construimos enormes reservas de confianza en nuestra propia humanidad. De la confianza esa que permite abrir puertas hacia lo que nos resulta desconocido y de la humanidad que ofrece la fortaleza para atravesar el umbral y recorrer los caminos que se revelan para ser transitados. Reservas que usamos casi en su entereza entre las semanas treintaiocho a la cuarentaiuno y al punto que casi desfallecemos ante la impaciencia nuestra y de nuestros más cercanos por tener en nuestro seno ese bebé que no llegaba… hasta que llegó ¡Y DE QUE MANERA!

Para ser justos esas últimas semanas se sintieron como lo que deben sentir los escaladores cuando ven que la cúspide entre más se asoma más esquiva se vuelve en su intento por conquistarla. Sentimiento que nos obligó a conferir más veces de lo que lo habíamos hecho en meses con nuestros “sherpas”; sentimiento que exigió de ellos (ellas en realidad) una profunda intervención en los últimos días de nuestro embarazo.

Tanto que la tarde que antecedió la madrugada para la que Lukas llegó estuvimos si no al teléfono con Jimena, atendiendo el chequeo que Graciela hizo de Maru. Ya para las 6:30pm del jueves logramos la tranquilidad que no habíamos tenido en días, sabíamos iba a durar poco pero que servía para darle espacio a Lukas para que naciera en las siguientes setenta-y-dos a noventa-y-seis horas sin alterar nuestros planes de parto. Tranquilidad con la que atendimos al cerrajero que vino a cambiar las cerraduras y después cenar para irnos a dormir (o por lo menos yo que para las 10:15pm estaba profundo).

Tranquilidad que nos acompañó durante el tiempo en el que Maru sintió contracciones pero no se atrevió a despertarme; para cuando y de acuerdo con el monitoreo que ella estaba haciendo de las mismas, éstas se daban entre cada cuatro a cinco minutos; para cuando me despertó cerca de las 11:00pm pasaditas; para cuando llamamos a Graciela, que confiada en que por lo que había visto en el chequeo que había practicado por la tarde, era imposible que estuviéramos en labor de parto nos dijo que descansáramos que seguro estas contracciones eran de práctica y necesitábamos energía para lo que venía; para cuando llamamos a Jimena a contarle, las contracciones se seguían precipitando en frecuencia e intensidad y entramos a la ducha para ver si el agua caliente ayudaba a calmarlas; para cuando bajé a llenar la bañera, subí y escuche las exclamaciones que más que de dolor eran enormes liberaciones de energía; para cuando volvimos a llamar a Graciela y a Jimena y decidieron venir a atender la situación; para cuando bajamos a que Maru se metiera en la tina, prendimos velas y pusimos las meditaciones que teníamos preparadas para el momento del parto; todo mientras las exclamaciones que anunciaban las contracciones aumentaban precipitosamente en intensidad y frecuencia, aun si se perdían entre los rayos, truenos, aguacero y vientos que golpeaban y sacudían ventanas y puertas y nos dejaban saber que afuera caía una fuertísima tormenta tropical.

Tranquilidad que empezó a desvanecerse para cuando Maru, preocupada por la intensidad del dolor que estaba sintiendo me decía que si esto era solo el preámbulo, por favor diera instrucciones para que cuando todo fuera de verdad le administraran medicinas para poder tolerarlo; para cuando las exclamaciones se elevaban ya por encima del ruido de la tormenta y sentía yo las escuchaban los vecinos de varias cuadras a la redonda; para cuando volví a llamar a Graciela y me dijo que la tormenta le había impedido llegar más rápido pero ya estaba a cinco minutos; para cuando ya me sentí impotente de ver como Maru se retorcía, cambiaba de posición, vociferaba…

Y en ese justo momento, cuando ya sentía yo que cualquier atisbo de claridad se iba a consumir en la confusión del momento, sonó el celular; era Graciela, estaba abajo y me pedía que le abriera. Bajé como el rayo, le abrí y subimos corriendo. Maru me miro asustada… “MI AMOR ESTOY SANGRANDO”, a lo que Graciela, con la tranquilidad de la experiencia respondió: “LO QUE ESTÁS ES PARIÉNDOTE, QUE BELLEZA MARU, ¡YA VIENE LUKAS!”. La revisó y dijo: “¡WOW!.. ya tienes ocho centímetros de dilatación”. Sonó el celular, era Jimena que estaba abajo para que le abriera. Volví a bajar como el rayo.

Entre que bajaba y subía sucedió algo extraordinario. Cuenta Maru que apenas oyó a Graciela contarle que ya estaba dilatada le dijo que quería pujar, a lo que ella le respondió: “pues puja”. Se puso de rodillas en la bañera apoyando los brazos en el borde y pujó… BLUB, “¿qué fue eso?”, “la cabeza Maru, puja de vuelta”… BLUB, y salió Lukas. Para cuando se lo pusieron en su regazo Maru gritó “¡Felipe! ¡Ven mira!”.

Eran las 4:30am. Todo había sucedido como lo queríamos, si bien nunca nos lo imaginamos.
Dicen que el nombre Lukas, la derivación latina del Griego Loukas, significa “el que trae la luz”. Nuestro hijo la trajo en medio de la tormenta. Gracias vida por la llegada de Lukas S.W. (Stormwalker) Arenas Galvez. Hijo, te amamos.

Dr. Rodrigo Aybar

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