Jalice

Recibimos este hermoso testimonio de Jalice G. Sibauste de Ramos que deseamos compartir con ustedes.

Jalice escribe:

“El 2017 me dejó un precioso regalo del cielo, mi varón Gabriel Caleb, quien llegó a nuestras vidas hace un mes, un poco adelantado pero al ritmo exacto de la necesidad de mi cuerpo, al que ya después del parto de Isabella, aprendí a escuchar.

Después de una experiencia bastante traumática con la nena, decidí que si volvía a traer un hijo al mundo, yo sería y no el personal médico, la protagonista de mi parto.

Que bendición para mi vida fué conocer desde antes de la concepción de Caleb, la inigualable labor que realizan los doctores Rodrigo y Graciela Aybar.

Siempre he pensado que la práctica de la medicina no tiene porqué estar desligada de la calidez humana y la empatía y fué exactamente esto lo encontré en su consultorio.

No quería estar a la moda ni ser la diferente, quería comprobar que soy igual que las mujeres del campo de mi país, que mi cuerpo es perfecto y sabio, capaz de darme toda la facultad y la fuerza para dar vida sin intervención más que la afirmación y sapiencia de mis doctores y el apoyo amoroso de los míos.

No necesité la aprobación más que de mi esposo para poner en marcha lo que había decidido; que mi hijo nacería en casa, así no más, sin tanto aspaviento, así como mi mamaguela trajo al mundo a dos de sus 15 hijos, así sin máquinas a mi alrededor, ni calmantes, así con el calorcito y olor de mi habitación, yo quería eso.

No podría dar detalles sobre mi experiencia llegado el día del alumbramiento porque me faltarían caracteres, pero puedo decir con toda sinceridad que mis estructuras mentales sobre el parto cambiaron radicalmente aquel día, que entendí el concepto de empoderamiento del que me hablaba mi doctor, que supe que hay toda una estructura preparada por la naturaleza de manera divina en mí y en cada mujer fértil para producir el milagro de la vida.

Y hallé calor, el calor ese que anhelé hace 5 años con Isabella y se me negó, quitándo un galeno mi mano de la suya y apoyándomela en el tubo frío del pedestal que sostenía el líquido que apresuraba vertiginosamente mi parto. Y el calor que hallé no venía del sol que calentaba mi casa, ni de la cocina donde preparaba mi madre un sancocho para después que llegara el bebé, ni de la ausencia del aire acondicionado que yo decidí permaneciera apagado, ni siquiera de la temperatura en el agua de la piscina; el calor provenía de las manos amorosas de mi madre que se posaban en mi espalda durante cada dolor, provenía de la risa juguetona de mi niña que esperaba ansiosa en la sala a su hno, provenía de las palabras de fé de mi amante esposo que me recordaba a Sara y otras que recibieron fuerzas divinas para traer vida, el calor provenía de la voz firme y a la vez paternal de mi doctor guiándome en el proceso, de la voz de la dra Graciela que aunque tierna, me dejaba discernir toda la experiencia y seriedad con que se toma cada parto, diciéndome que lo estaba haciendo bien. Finalmente ese calorcito indescriptible me arropó cuando sentí el cuerpo de mi niño deslizarse fuera de mí y luego al sentirle en mi pecho.

Pensé escribir este post haciendo referencia a cesáreas y porqué no estoy de acuerdo en que se practiquen de forma casi indiscriminada (si cabe el término) pero entendí que no era necesario, entiendo que hay muchos casos en los que es sumamente necesaria y entiendo los casos en los que, aún sin serlo, la mamá la solicita y respeto el derecho de cada mujer de decidir.

YO DECIDÍ por el calor humano, amoroso, ancestral y la experiencia me cambió la vida.

881F6FAF-A806-46D1-86D3-6F78F89C38B9.jpegDoctores Aybar, como aquel día, los bendigo y su labor encomiable y trabajo en favor de que cada vez mas mujeres en nuestro país se sumen a esta experiencia transformadora.”

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